El grito de Córdoba, retumba.

Hace ya casi 100 años, un conjunto de estudiantes universitarios salía a luchar la estrechez intelectual que impedía a la Universidad ser protagonista de su época. La mirada de los estudiantes fue más allá de las reformas universitarias pretendidas; querían que la Universidad formara parte de un movimiento social que colocara al pueblo como actor principal de un proceso basado en la justicia y la democracia. Qué diferente sería la vida universitaria sin esta reforma. No existirían las cátedras paralelas, permanente actualización docente, materias complementarias a las del plan de estudio ni programas de extensión universitaria con el objetivo de aplicar en la práctica todos los conocimientos adquiridos en beneficio de la sociedad. No habría siquiera un grupo de representantes de los estudiantes, la apertura de centros de estudiantes significó un espacio de participación e integración en la vida universitaria. Nuestros tiempos demandan que la producción, socialización y distribución del conocimiento científico y tecnológico se oriente en bien de los cambios políticos y sociales que la Argentina necesita acometer. En esa construcción social demandada, las universidades del país asumen el rol de protragonista. Las libertades conquistadas no deberían ser archivos de la Historia, sino un ejercicio efectivo de las prácticas cotidianas a través de una conciencia crítica de nuestras responsabilidades sociales.